Blog_CubaSigueLaMarcha

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martes, 7 de abril de 2015

La calidad, derecho del pueblo

La calidad, derecho del pueblo


Graziella PogolottiGraziella Pogolotti 
cheguevara-korda

Distintos procedimientos institucionales están destinados a certificar la calidad de los productos con vistas a garantizar su presencia en un mercado competitivo cada vez más exigente. Sin embargo, el concepto de calidad trasciende el ámbito de las demandas del comercio exterior, sobre todo, en un país llamado a mantener un proyecto socialista.
En condiciones muy precarias, cuando las reservas financieras del país habían sido desfalcadas y el Ministerio de Industria, carente de administradores calificados, tenía que ocuparse, entre otras cosas, de consolidar chinchales, el Che planteó principios fundamentales, todavía vigentes. Uno de ellos valoraba la calidad como un derecho del pueblo. El otro enfatizaba en la necesidad de la permanente superación y recalificación de todo el personal, desde la base hasta los más altos niveles de dirección.
En otra ocasión me he referido a la chapucería y al mata-y-sala, termitas que nos socavan en lo económico y en lo ético. Palpables son las consecuencias de la primera en zonas tan sensibles como la construcción. Parece difícil contabilizar los costos de las reiteradas reparaciones en edificios de reciente terminación, del desvío de materiales, del abandono de proyectos a medio hacer. En lo ético, esas actitudes resquebrajan el respeto por el trabajo humano, donde la más alta consideración y el papel protagónico correspondan al campesino, al obrero, al maestro, investigador, científico, en resumen, a todos aquellos que con su esfuerzo manual e intelectual son partícipes activos de nuestro apremiante desarrollo. Es cierto que las circunstancias nos llevaron a improvisar albañiles, plomeros, electricistas y que, durante un tiempo, se produjo una subestimación de los oficios.
Mal contada, la historia de la cultura cubana ha soslayado el alto nivel que desde la colonia alcanzaron los oficios vinculados a la construcción en nuestro país. Las maderas cubanas ofrecían materia prima para los astilleros que, en La Habana, hicieron barcos para la armada española. Fueron hombres de oficios quienes edificaron nuestro sistema de fortificaciones y las ciudades que constituyen hoy componente esencial de nuestro patrimonio. La herrería producía las rejas que subsisten todavía a pesar de la depredación sufrida. A los ebanistas de otrora debemos un excelente mobiliario.
Mata-y-sala es un ingrediente de la chapucería al desechar la entrega del trabajo en tiempo y forma. Afecta también la actividad intelectual y la formación de las nuevas generaciones, en alianza con el corta-y-pega, lamentablemente extendido en gran parte del mundo. Se bajan los materiales de Internet, se zurcen con algún aderezo, eludiendo una auténtica labor investigativa y el necesario procesamiento crítico. La red de redes resulta, sin dudas, una significativa fuente de información al servicio del estudioso requerido de bibliografía para la elaboración de un proyecto personal. Pero, la colocación espontánea de datos en el espacio no garantiza siempre el rigor en su selección y ordenamiento. En algunas enciclopedias, un especialista puede detectar frecuentes gazapos. Hay que aprender a discriminar entre el grano y la paja, teniendo en cuenta la valía de los autores y de las instituciones patrocinadores tal y como se hace al consultar una bibliografía en soporte tradicional.
La invasión indetenible del corta-y-pega desborda las posibilidades de los profesores para evaluar de manera adecuada los trabajos de los estudiantes. Entraña problemas más graves al propiciar la pereza, desestimular el interés por la investigación, el acomodamiento en el rechazo a los desafíos que impone cualquier actividad humana y, lo que resulta todavía más grave, favorece sutilmente la incitación a asumir actitudes fraudulentas ante la sociedad. Caemos, entonces, en la violación de principios éticos para el necesario equilibrio de una comunidad presidida por el sentido de justicia y cimentada en sólidos valores. Sin medir las consecuencias de su conducta, hay maestros permisivos que se hacen de la vista gorda y padres sobreprotectores que sustituyen a sus hijos en el cumplimiento de las tareas.
Todos los problemas sociales obedecen a causas multifactoriales. La chapucería, el mata-y-sala con los subyacentes elementos de corrupción y soborno, requieren normativas jurídicas ampliamente divulgadas, aunque el desconocimiento de la ley no exime de su obediencia. Demanda la calificación de los trabajadores y sus dirigentes en lo técnico, junto a las vías para establecer las reclamaciones pertinentes. Fórmulas similares pueden aplicarse al mata-y-sala y al corta-y-pega. Estas medidas no serán suficientes si no se aborda, con perspectiva a largo plazo, el problema ético que permea lo laboral, la vida cotidiana y la asunción de una verdadera responsabilidad ciudadana.
Leyes y reglamentos establecen las normas coercitivas que toda sociedad necesita. Dura lex, sed lex (“La ley es dura, pero es la ley”), afirmaban los romanos, fundadores de principios que pasaron por el código napoleónico e impregnaron el espíritu de un pensar jurídico. El espíritu de las leyes, sin embargo, se fundamenta en un consenso social modelado por la historia y en la constitución de un deber ser decantado en un mediano y largo plazo. Esta distancia en el tiempo no admite espera. Sin percatarnos de ello, el día de hoy deviene ayer en un abrir y cerrar de ojos.
Para acorralar las deformaciones derivadas de la chapucería, el mata-y-sala, el corta-y-pega, cultura y educación desempeñan un papel decisivo. Hay que restaurar la cultura del detalle propia del veguero que atiende cada preciada hoja. El cuidado con lo pequeño es base indispensable para conseguir lo grande, aquello que involucra la ambición legítima por un quehacer profesional satisfactorio y también clave del bienestar común en lo material y en lo espiritual. Se trata, ante todo de una actitud ante la vida, incorporada desde las primeras edades en el hogar y en la escuela. En este último caso, la evaluación de los alumnos debería tener en cuenta la disciplina en el aula y fuera de ella, la aplicación en el estudio y en el orden personal. Las autoridades y los maestros insisten en el uso correcto del uniforme, aunque no podemos olvidar que este atuendo tiene su origen en la necesidad de paliar diferencias sociales, por lo que no puede complementarse con la ostentación de alhajas y otros elementos de empleo restringido por su alto valor monetario. Desde mi punto de vista, sin embargo, sobre todo en la pubertad y en la adolescencia, etapas de iniciación en la búsqueda de los primeros amoríos, puede haber mayor flexibilidad respecto a las modas dominantes en el peinado y en otros gustos similares que no implican la utilización de accesorios. Importa, en cambio, vigilar la calidad de la caligrafía, el orden y la limpieza de las libretas.
Volviendo al Che, la exigencia por la calidad refleja, en primer lugar, respeto por nosotros mismos, porque todos somos parte integrante del pueblo, término que tenemos que rescatar con todas sus implicaciones. Atribuyo al prolongado empleo de la libreta de abastecimientos y al modo de anunciar la distribución de los productos que puede convertirnos en antropófagos de la peor laya cuando adquirimos, por ejemplo, «carne de niño» y puede llegar al más involuntario surrealismo cuando proponemos «cola de camellos sentados», una deformación generalizadora de la palabra población de uso estadístico y demográfico que distancia al hablante de un contexto al que también pertenece.
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En La historia me absolverá, Fidel propuso una exhaustiva e incluyente definición de pueblo. Pueblo somos todos: estudiantes, obreros, campesinos, oficinistas, trabajadores de servicios, cuentapropistas, intelectuales, dirigentes a distintos niveles, ciudadanos de a pie y aquellos otros que, en virtud de sus responsabilidades, disfrutan de algunas ventajas.
El buen uso de las palabras es mucho más que pura forma. El lenguaje es portador de contenidos y se relaciona con el modo de pensar. Rescatar, con todas sus implicaciones, en la comunicación cotidiana, el concepto de pueblo, equivale a asumir plenamente el compromiso con un nosotros, conquista indiscutible de la Revolución. Puede ser un pasito hacia adelante en las transformaciones que nos apremian.