Blog_CubaSigueLaMarcha

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lunes, 18 de mayo de 2015

La última carta

La última carta

Homenaje a José Martí en el 120 Aniversario de su caída en combate en Dos Ríos


Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895
Señor. Manuel Mercado.
Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir: ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias pª alcanzar sobre ellas el fin.
Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos, —como ese de Vd. , y mío,— más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal q. los desprecia, —les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas;— y mi honda es la de David.
Ahora mismo; pocos días hace, al pie de la victoria con que los cubanos saludaron nuestra salida libre de las sierras en que anduvimos los seis hombres de la expedición catorce días, el corresponsal del Herald, q. me sacó de la hamaca en mi rancho, me habla de la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yankee o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante, —la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,— la masa inteligente y creadora de blancos y negros. Y de más me habla el corresponsal del Herald; Eugenio Bryson: —de un sindicato yankee,— que no será, —con garantía de las Aduanas, harto empeñadas con los rapaces bancos españoles pª q. quede asidero a los del Norte,— incapacitado afortunadamente, por su entrabada y compleja constitución política, para emprender o apoyar la idea como obra del gobierno. Y de más me habló Bryson, —aunque la certeza de la conversación que me refería, sólo la puede comprender quien conozca de cerca el brío con que hemos levantado la revolución,— el desorden, desgano y mala paga del ejército novicio español, —y la incapacidad de España pª allegar, en Cuba o afuera, los recursos contra la guerra q. en la vez anterior sólo sacó de Cuba:— Bryson me contó su conversación con Martínez Campos, al fin de la cual le dio a entender este q. sin duda, llegada la hora, España preferiría entenderse con los E. Unidos a rendir la Isla a los cubanos: —Y aún me habló Bryson más: de un conocido nuestro, y de lo q. en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, pª cdo. el actual presidente desaparezca, a la presidencia de México. Por acá, yo hago mi deber. La guerra de Cuba, realidad superior a los vagos y dispersos deseos de los cubanos y españoles anexionistas a que sólo daría relativo poder su alianza con el gobierno de España, ha venido a su hora en América, para evitar, aún contra el empleo franco de todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos, que jamás la aceptarán de un país en guerra, ni pueden contraer, puesto que la guerra no aceptará la anexión, el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana. —YMéxico—¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará, —o yo se lo hallaré. Esto es muerte o vida, y no cabe errar.
El modo discreto es lo único que se ha de ver. Ya yo lo habría hallado y propuesto. Pero he de tener más autoridad en mí, o de saber quien la tiene, antes de obrar o aconsejar. Acabo de llegar. Puede aún tardar dos meses, si ha de ser real y estable, la constitución de nuestro gobierno, útil y sencillo. Nuestra alma es una, y la sé, y la voluntad del país; pº estas cosas son siempre obra de la relación, momento y acomodos. Con la representación que tengo, no quiero hacer nada que parezca extensión caprichosa de ella. Llegué, con el General Máximo Gómez y cuatro más, en un bote, en que llevé el remo de proa bajo el temporal, a una pedrera desconocida de nuestras playas; cargué, catorce días, a pie por espinas y alturas, mi morral y mi rifle, —alzamos gente a nuestro paso; siento en la benevolencia de las almas la raíz de este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla; los campos son nuestros sin disputa, a tal punto que en un mes sólo he podido oír un fuego; y a las puertas de las ciudades, o ganamos una victoria, o pasamos revista, ante entusiasmo parecido al fuego religioso, a tres mil armas; seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar, conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas. La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas q. antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana, —la misma alma de humanidad y decoro, llena del anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la que empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios.
Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y la acometida el estado fogoso y satisfecho de los corazones. Pero en cuanto a formas, caben muchas ideas: y las cosas de hombres, hombres son quienes las hacen. Me conoce. En mí, sólo defenderé lo que tenga yo por garantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad. —Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros.
Y ahora, puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí, ya que sólo la emoción de este deber pudo alzar de la muerte apetecida al hombre que, ahora que Nájera no vive donde se le vea, mejor lo conoce, y acaricia como un tesoro en su corazón la amistad con que Vd. lo enorgullece. Ya sé sus regaños, callados, después de mi viaje. ¡Y tanto q. le dimos, de toda nuestra alma, y callado él! ¡Qué engaño es este y qué alma tan encallecida la suya, que el tributo y la honra de nuestro afecto no ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y de periódico que llena al día¡[…]
Hay afectos de tan delicada honestidad…
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“Cuanto hice hasta hoy, y haré”. Por Ibrahim Hidalgo*

En el aniversario 120 de la carta inconclusa a Manuel Mercado
Pintura: Mariano Rodríguez 
Por Ibrahim Hidalgo*/Granma.- Habían transcurrido 37 días desde el de-sembarco por Playita, cuando José Martí comenzó a redactar la última carta dirigida a su amigo Manuel Mercado. Solo en las líneas finales se refiere a lo personal, y se disculpa por no haberle escrito desde su visita a México, en julio-agosto de 1894. El resto de la misiva constituye una declaración de principios antimperialistas basados en el análisis de las circunstancias de aquellos momentos, la importancia de la guerra desatada el 24 de fe­brero de 1895 en el conjunto del enfrentamiento a las amenazas expansionistas estadounidenses, así como de la necesaria fundación de la república democrática en Cuba independiente, condición indispensable para afianzar cuanto se lograra en la contienda. Estas ideas hacen de la misiva inconclusa, el testamento político martiano.
El estudio de su contenido no debe realizarse al margen de otros textos fundamentales del Maestro, en particular, los redactados con posterioridad al inicio de la contienda, aunque los orígenes de sus concepciones contra el anexionismo y el expansionismo datan de los primeros escritos conocidos donde se refiere a los Estados Unidos, y se amplían y profundizan durante los casi 15 años de residencia en Nueva York, desde donde remitía a diferentes periódicos de Nuestra América las crónicas conocidas co­mo “Escenas norteamericanas”, las cuales ofrecen una panorámica de los más diversos ámbitos de la sociedad estadounidense, la economía, la política, la educación, la cultura en su más amplia significación, lo que confirma su vasto conocimiento de aquel país y su oligarquía dominante.
Esto permite afirmar que para un lector avezado, no todo había sido “en silencio […] y como indirectamente”. Pero en la carta inconclusa a Mercado se encuentra sintetizada de modo magistral, diáfanamente, en unas pocas páginas, la que podemos denominar su estrategia continental revolucionaria, que incluye como parte fundamental la función de Cuba independiente en la misma, pues una vez liberada impediría a los Es­tados Unidos dominar las Antillas y, fortalecido con estos dominios, caer “sobre nuestras tierras de América”.
Pudiera parecer a algunos que Martí confería una importancia desmesurada a su patria en el enfrentamiento al desborde imperial; no obstante, esta duda desaparece cuando se considera la posición estratégica de nuestro país, “enclavado a las bocas del universo rico e industrial”, como quedó ex­puesto en el Manifiesto de Montecristi, en el cual se avizora “la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”. Quedaba implícita la referencia al Canal de Panamá, cuya futura apertura aumentaría la importancia de Las Antillas para el comercio mundial; y, por otra parte, su control influiría en el equilibrio de las fuerzas militares del universo, pues el país que dominara la región podría imponerse sobre las otras naciones. A esto aspiraban los magnates yanquis.
Nuestro territorio insular, pequeño en extensión, podría constituirse en una nación fuerte y unida si, como confiaba Martí, tras su independencia se constituyera un gobierno democrático, absolutamente independiente y, en consecuencia, apoyado por un pueblo dispuesto a defender la soberanía nacional, contribuir a la liberación de Puerto Rico e integrar, junto con esta isla hermana y Re­pública Dominicana —que incidiría sobre Haití—, un valladar al avance de la fuerza ex­pansionista norteña.
Como político experimentado, en sus consideraciones tenía en cuenta la presencia de elementos contrarios a la realización de sus propósitos. Al respecto, relata a Mercado que en la conversación sostenida recientemente con el corresponsal del periódico estadounidense The New York Herald, Eugenio Bryson, este le había hablado sobre la actividad anexionista de quienes tenían su mirada puesta en el norte y, a la vez, pedían a España la autonomía, pues se contentaban con que hubiera “un amo, yankee o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombre, desdeñosos de la masa pujante” del país.
Con objetivos similares, un “Sindicato yankee” pretendía obtener “garantías de las Aduanas” para “emprender o apoyar la idea [de anexión o compra de la isla] como obra de gobierno”. Algunos altos funcionarios de la Corona en la Isla debían hallarse involucrados en aquella tendencia y en su puesta en práctica, como se deduce de lo expuesto por el periodista Bryson al Delegado acerca de una conversación con el general Arsenio Martínez Campos, de nuevo en Cuba, enviado por sus superiores con la esperanza fallida de pacificarla, como había hecho en 1878. El militar había expresado que, “sin duda, llegada la hora, España preferiría en­tenderse con los Estados Unidos, a rendir la Isla a los cubanos”. La veracidad de la entrevista aludida fue corroborada por la actitud asumida en 1898 por el gobierno europeo, que procedió tal como se describe en el texto martiano.
La misiva contiene un llamado de alerta al “hermano queridísimo”, como su autor califica a Mercado, quien en aquellos momentos ocupaba el cargo de subsecretario de Go­bernación de México. Le comunicó que el colaborador de The New York Herald le ha­bía informado acerca de las atenciones cuidadosas que se prodigaban en el Norte a un conocido personaje, “como candidato de los Estados Unidos, pa cdo. el actual presidente desaparezca, a la presidencia de México”. Era una muestra más de las aspiraciones yanquis de dominar los países al sur de sus fronteras, ya fuera mediante la fuerza de las armas, o la utilización de apátridas a su servicio.
Otro asunto relacionado con la carta inconclusa merece algunas líneas: el supuesto suicidio de Martí en Dos Ríos. Son numerosos los bien fundamentados análisis historiográficos que destruyen tal criterio, por lo que dejo constancia de adhesión a los mismos, y solo me referiré al desmentido a tal elucubración, presente en la misiva a Mercado.
La madurez política de quien había convocado y organizado la guerra le permitía comprender la importancia de hallarse en el campo insurrecto en aquellos momentos iniciales, cuando se discutirían y se instrumentarían las estructuras que harían posible, o entorpecerían, el desarrollo de la guerra y el establecimiento de las bases de la futura república independiente, en lo que no todos los patriotas coincidían con las ideas martianas. Estos y otros pudieron ser los temas tratados en la reunión de La Mejorana, del 5 de mayo, donde hubo una discusión fuerte y enconada; pero desconoce el carácter, el temperamento y las concepciones del Maestro quien considere este hecho como causa del supuesto suicidio.
No era el Maestro, ni la mayoría de aquellos patriotas, gente desacostumbrada al enfrentamiento de ideas, a la divergencia de criterios sobre temas diversos. La unidad de principios no ha sobrentendido nunca la unanimidad, ni la incondicionalidad, la cual implica en sí mis­ma la ausencia de crítica. Las divergencias de Martí y Gómez con Maceo acarrearon disgusto momentáneo, disipado al siguiente día, cuando el general santiaguero recibió en su campamento a los dos patriotas.
El objetivo inmediato de la más alta dirigencia revolucionaria era dirigirse a Cama­güey, donde se reuniría la que Martí llamaba “Asamblea de Delegados del pueblo revolucionario”, la cual elegiría al gobierno. Ante los convocados depondría la autoridad conferida por la emigración y acatada en la Isla, “y debe renovar, conforme a su estado nue­vo”, la revolución. Con tales objetivos se en­caminaban hacia las tierras agramontinas.
Esta es una prueba más de las proyecciones de futuro del Maestro, quien no temía al infortunio en el campo de batalla: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber”, que no terminaría con la conclusión de la guerra, pues su di­mensión sobrepasaba toda inmediatez: “im­pedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia”. Líneas antes había dicho: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. La expresión “y haré” perfila al hombre que se había forjado a sí mismo para una lucha inacabable, sustentado en sus principios patrióticos y éticos, para quien, con la llegada a Cuba insurrecta, ha­bía comenzado una nueva existencia, y una renovada etapa de su incansable batalla por la emancipación humana, sin perder nunca “este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla”.
El enfrentamiento a la potencia del Norte era previsible, y mucho debía hacer todavía quien había convocado la guerra. Como dijo a Mercado: “seguimos camino”. Solo la muerte pudo detenerlo; pero no desaparecer su pensamiento, que aún nos guía.
(*) Investigador del Centro de Estudios Martianos. Miembro de Número de la Academia de la Historia de Cuba.