Blog_CubaSigueLaMarcha

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lunes, 12 de enero de 2015

Golpe a la Guerra Fría

El 17 de diciembre pasado marcó un punto de giro en las relaciones Cuba-EE.UU
El anuncio del próximo restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, hecho simultáneamente en La Habana y Washington por los presidentes Raúl Castro y Barack Obama el pasado 17 de diciembre, hizo que la opinión pública mundial fijara su atención en el diferendo más antiguo del globo terráqueo.
Cuando un suceso de tal magnitud —que ha sido considerado el mayor acontecimiento político del mundo en lo que va de siglo— ocurre, suele pasarse balance a sus causas, evolución y posible desarrollo, desde los puntos de vista histórico, político, económico, social e incluso cultural, para las partes implicadas.
En este caso, vale expresar que el rumbo que hoy toma el Gobierno de los Estados Unidos en relación con Cuba es fruto de la dinámica política seguida por el tema en el ámbito de este continente, donde el propio mandatario estadounidense reconoció en su discurso el fracaso de más de 50 años de presiones y agresiones de su país hacia la nación caribeña.
Como quiera que se le mire, el mérito principal de lo que ahora sucede le corresponde al pueblo cubano y a sus autoridades, que supieron resistir con entereza y valentía los embates de la mayor potencia del orbe, incluso en los aciagos momentos del período especial, en la década de los años 90, cuando Cuba quedó sola frente al bloqueo recrudecido y la injerencia directa de Washington.
Preciso también es aclarar que nuestra patria siempre tendió la mano a su adversario político y que pese a las agresiones de todo tipo de que ha sido objeto, siempre se mantuvo abierta al diálogo e invitó a su contraparte a discutir los problemas pendientes, desde una posición de respeto mutuo y sin presiones, ni amenazas, ni condicionamientos.
Como expresara el Presidente cubano en su discurso de clausura del IV Período Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, pronunciado el 20 de diciembre en La Habana: “Siempre estuvimos dispuestos al diálogo respetuoso, sobre la base de la igualdad para tratar los más diversos temas de forma recíproca, sin sombra a nuestra independencia nacional y autodeterminación y, como Fidel señalara, sin renunciar a uno solo de nuestros principios”.
Hoy se sabe que los acuerdos anunciados el 17 de diciembre pasado fueron fruto de arduas negociaciones de muchos meses  en Canadá, entre representantes de  Cuba y los Estados Unidos, con los buenos oficios del Papa Francisco, que hizo un gran esfuerzo para lograr el acercamiento.
Las conversaciones, sostenidas con la mayor discreción, fueron avanzando poco a poco hasta llegar a un consenso esencial sobre las bases en que se asentaría el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países, rotas por la administración de Eisenhower el 3 de enero de 1961.
En el último año no fueron pocas las “insinuaciones” acerca del posible acercamiento entre ambos Estados, echadas al vuelo por analistas cubanos y de otras naciones, de los calificados como “bien informados”, basadas sobre todo en indicios que se daban desde la margen norte del Estrecho de la Florida, como declaraciones de altas personalidades y artículos de prensa en The New York Times y otros medios influyentes.
Realmente, el 2014 empezó con la celebración en La Habana de la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, donde el país anfitrión recibió el apoyo de 32 naciones, y se le ratificó el respaldo de Brasil a la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, el mayor proyecto económico de la isla en lo que va de siglo.
Esa cumbre y las subsiguientes de la Unión de Naciones del Sur, y del Mercado Común del Sur que tuvieron lugar a lo largo del año, condenaron explícitamente el bloqueo financiero, económico y comercial de los Estados Unidos contra Cuba y le reiteraron a nuestro país la solidaridad y el respaldo.
Mención aparte merece la discusión en la Asamblea General de la ONU —por vigésimo segunda ocasión consecutiva desde 1992— de la moción de Cuba contra el bloqueo, donde esta vez y cual activo catalizador obró la situación internacional, especialmente la creada en el centro y el sur del continente, con mayoría de gobiernos de corte progresista en el poder dando su apoyo decidido a la isla.
A esas presiones sobre Washington se añadieron las del Movimiento de Países No Alineados y el Grupo de los 77 más China, compuesto por 133 naciones. El prestigio de la isla, en constante crecimiento por su política de principios y constante apoyo a otros pueblos en la lucha contra el analfabetismo, la insalubridad, y ante los desastres naturales.
La perla antillana, vale recordarlo, emprendió a todo tren el último mes del año, con la celebración en La Habana de las cumbres Caricom-Cuba y la del ALBA-TCP, pródigas en acuerdos de colaboración y reiterativas del apoyo incondicional a La Habana en la lucha contra el injusto y criminal bloqueo.
Entretanto, en los Estados Unidos ha ido aumentando el número de ciudadanos estadounidenses y cubanoamericanos partidarios de la normalización de vínculos con la nación caribeña —promedia el 62 por ciento—, posición que también se fue abriendo paso entre sectores empresariales y del mundo político. La administración de Obama captó lo difícil que le iba resultando mantener el estatus, por lo que se hizo evidente la necesidad de cambios.
En este sentido obra la situación en el estado de la Florida, donde el liderazgo lo detentan personeros cubanoamericanos radicales del partido republicano, quienes se muestran cada vez más refractarios frente al ejecutivo demócrata y tratan de torpedear sus iniciativas de gobierno. Una decisión como la anunciada el 17 de diciembre, a la que seguro se opondrían, ha obrado sobre ellos como la clásica cachetada política.
No es ocioso recordar que dos horas después del discurso de Obama, el secretario de Estado, John Kerry, dijo al hacer su intervención, que “durante medio siglo aplicamos una política para aislar a Cuba y los que terminamos aislados fuimos nosotros”.
Analistas vieron en la próxima Cumbre de las Américas, prevista para celebrarse en Panamá en abril próximo, el factor que, en última instancia, “apuró” a Obama a llegar a un acuerdo preliminar con Cuba. La deducción es obvia, por cuanto si la superpotencia hubiese insistido en seguir excluyendo a la isla, el fracaso de esa cita estaba garantizado por el anunciado boicot de la mayoría de los países de la región, empezando por los del ALBA.
Por tanto, era mejor llegar a esa cumbre en vías de reconciliación con La Habana, que cerrar también esa puerta a la comunicación con sus vecinos latinoamericanos y caribeños, con los cuales hoy los Estados Unidos solo comparten asiento en el seno de la Organización de los Estados Americanos. De manera que los legisladores extremistas que se oponen a las relaciones con Cuba deberían estar claros acerca de cuáles son los verdaderos intereses de la patria de Lincoln. Gran pecado de lesa política sería ignorarlo.
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