Blog_CubaSigueLaMarcha

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martes, 20 de enero de 2015

Presos políticos: una mentira más

“Dolor infinito” fue el título que quiso colocar el Maestro a su denuncia sobre el Presidio Político en Cuba en 1871. En sus páginas, como redactadas sobre la piel con el hierro de la condena, José Martí alumbra las verdades sobre el calvario de quienes eran condenados por sus ideas.

Infinito dolor sufrieron también los jóvenes de las generaciones del 20 y el 30, o la Generación del Centenario, en las mazmorras de los tiranos, cuando los policías cambiaban sus uniformes de carceleros, “por ensangrentados delantales de carniceros”. Esos eran presos políticos; condenados por sus ideas, sentenciados por seguir el impulso moral de liberar a su pueblo de la ignominia y acabar la obra de las revoluciones.
Después de 1959, no hubo en Cuba más prisioneros políticos; no hubo en la Isla más tortura, nadie tuvo que padecer jamás el innombrable tormento del dolor infinito.

Pese a ello, hay quienes insisten en trocar hoy los términos y llamar presos políticos a otra clase de reos.

Ese proceder de cambiar términos y significados es una vieja usanza de la maquinaria mediática imperialista y sus acólitos. Lo hacen para confundir a las masas y promover estados de ánimo tendentes a un fin subversivo. Es así como se disfrazan los lobos de ovejas y se tilda de “manifestación pacífica” a una revuelta violenta donde el fuego y las armas toman cuenta casi siempre entre los más desfavorecidos.

A naciones como Cuba y Venezuela, se les han acusado en reiteradas ocasiones por la supuesta posesión de “presos políticos” o “prisioneros de conciencia”, como también les gustan llamarlos.

Recientemente, cuando en gesto soberano el gobierno cubano decidió poner en libertad a decenas de personas que cumplían condenas por delitos de diversa índole, en el marco del anunciado restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y EE.UU., la prensa extranjera se encargó de dibujar esta verdad con otros matices: “Cuba concluye la liberación de 53 presos políticos”, fue el titular de varios medios.

Con mayor o menor agresividad, ese fue el tono en que abordaron la noticia medios como The Washington Post, CNN, FOX NEWS y El Nuevo Herald , entre otros. Otro término, “disidentes”, fue usado por The New York Times. Este vocablo, que expresa la acción de pensar diferente o el desacuerdo de opiniones, en el caso de Cuba lo han usurpado para nombrar a quienes ponen su alma al servicio de una potencia extranjera y sirven de títeres, para montajes mediáticos y contrarrevolucionarios.

Como parte de una estrategia subversiva de larga data, constantemente actualizada el Gobierno de EE.UU., mediante sus agencias e incluso por terceros países, ha seleccionado, preparado y pagado a personas, para intentar construir una oposición política en Cuba, cuyo propósito es el restablecimiento del capitalismo en la Isla.

Casi en el ocaso de la Guerra Fría, cuando tomaron preponderancia los llamados “conflictos de baja intensidad”, el presidente de turno en EE.UU., Ronald Reagan, declaró en su Estrategia de Seguridad Nacional de 19871 el interés de su país por “asistir cambios constructivos que condujeran a mayor estabilidad política, justicia social y progreso económico” en naciones del Tercer Mundo. Esos cambios “debían venir desde dentro, siguiendo el camino dictado por las tradiciones locales y nacionales” y para ello era propicio el apoyo a “luchadores por la libertad”, que combatieran efectivamente contra la ideología marxista-leninista, en la URSS y sus “aliados”.

El apoyo a esos supuestos luchadores, que hoy llaman “disidentes” o “presos políticos”, en dependencia del contexto, fue reconocido como un instrumento de la política exterior y en tal sentido se estableció que las herramientas de la política exterior debían armonizarse con las necesidades especiales de aquellos que “resistían a los regímenes al estilo soviético implantados en el Tercer Mundo”.

“EE.UU. tiene una larga historia de apoyo privado y gubernamental a grupos que buscan la independencia nacional y la libertad. Buscamos avanzar en la causa de la libertad y la democracia (…)” –manifestaba la estrategia.

Esta pincelada histórica nos permite comprender de dónde vienen las actuales concepciones doctrinales sobre el empleo de movimientos de oposición o resistencia para el derrocamiento de gobiernos soberanos. En los manuales de campaña yanquis sobre la Guerra No Convencional se detallan los procedimientos necesarios para permitir que “luchadores por la libertad”, intenten coaccionar, alterar o derrocar a un gobierno molesto a los intereses imperiales.

Según la doctrina, para brindar su apoyo contra un gobierno adversario, EE.UU. selecciona o contribuye a la consolidación de un movimiento de resistencia o insurgente que posea voluntad de cooperar con la potencia extranjera; que posea objetivos e ideología compatible y que tenga un liderazgo capaz de resistir, entre otros elementos. La semilla para un movimiento de ese tipo, son los grupos de una supuesta oposición o disidencia, que reciben el calificativo de “presos políticos”, cuando por su cercanía con la delincuencia deben responder por sus acciones ante la ley.

No se trata de un problema de semántica, tampoco de detalles de la gramática, es una cuestión de conceptos concebida para confundir y debe ponerse en claro. En Cuba no hay presos políticos. Es común la metamorfosis de delincuentes a “disidentes”, para intentar presentarlos como “prisioneros de conciencia”. La prensa extranjera y los llamados “periodistas independientes” se encargan del discurso.

Les faltan a los grandes medios palabras apropiadas para sus reportajes sobre este tipo de personas. Es una suerte la riqueza de nuestro idioma. Desde Cuba, ahí les van unas cuantas: mercenarios; contrarrevolucionarios; traidores; apátridas. No hace falta que lo agradezcan, sabemos que jamás las van a usar. En este campo de la guerra mediática, los verdaderos presos son ustedes. 
Referencias

1 National Security Strategy of the Unites States. The White House. 1978.
Por José Ramón Rodríguez Ruiz