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miércoles, 7 de junio de 2017

Contrapunteo en Cabaiguán entre lo estatal y lo particular


Contrapunteo cabaiguanense entre lo estatal y lo particular / Por José F. González Curiel,  Profesor de Filosofía / Universidad de Sancti Spíritus "José Martí Pérez" / Intranet UNISS

Universidad de Sancti Spiritus "José Martí Pérez" 

Una mañana de domingo cualquiera, caminando la feria en Cabaiguán con el fin de garantizar el sustento semanal, un grupo de coterráneos coincide en una tertulia clásica sobre una amenaza real convertida en tendencia no solo de domingo, que como tormenta tropical enseña  ya sus efectos y necesita de un buen plan para que no se lacere el noble fin del proyecto socialista.

Las transformaciones en el modelo económico cubano, buscando la eficiencia necesaria, han rozado con mecanismos  mellados de la historia, dejando en alguna medida al libre mercado y a la ley de oferta - demanda cualquier tipo de estímulo a la producción y los servicios.

Si bien es cierto que la macroeconomía sigue siendo socialista y con ella se garantizan muchas necesidades desde los fondos sociales de consumo que a tantas personas beneficia, también hay que reconocer que la mayor parte de las necesidades cotidianas de la familia se resuelven por las figuras no estatales que han florecido a partir de la estimulación del trabajo individual y de pequeñas cooperativas.

Dentro de las anomalías estructurales y funcionales que aún conserva nuestro modelo económico socialista están el limitado respaldo de producciones y servicios que garanticen la rebaja de los precios, el restablecimiento del valor del dinero y el estímulo del salario en los sectores aún no beneficiados con incrementos. También conspira la inexistencia de mercados de aprovisionamientos que respalden los suministros a la creciente actividad no estatal, así como la inexistencia de precios mayoristas ventajosos para este sector.

La mayoría de las actuales generaciones de cubanos nacieron bajo el socialismo y dan por derechos de cuna algunos que, en otras partes del mundo, son aspiraciones no conquistadas por los ciudadanos, como la educación, la salud, la cultura, la seguridad social, la asistencia social y otros muchos.

En la conciencia de la mayoría de los compatriotas, lo que ha ocurrido en el último quinquenio no va más allá del incremento de los precios, tanto en el sector particular como en el estatal, la pérdida de los productos en los mercados estatales, la pérdida de los espacios donde antes se resolvían necesidades básicas con una menor cantidad de recursos financieros al ser arrendados por cooperativas o cuentapropistas y, lo más peligroso, el desentendimiento por parte de las autoridades de los mecanismos que antaño regulaban la dinámica social de manera socialista y colectivista.

Por las estadísticas que manejan las estructuras globales de la economía, y que se difunden en los medios nacionales, es imposible entender el desbalance tan grande que existe entre los mercados estatales y los mercados particulares en el país, la provincia, pero sobre todo, los municipios y las comunidades.

Tarimas vacías, poca presencia de productos, poca variedad en las ofertas, productos de tercera, cuarta y quinta categoría de calidad y dependientes semiempleados son los matices de la cara más oscura del mercado estatal actual, sobre todo en materia de comercio, gastronomía y productos del agro, con más fuerza  en los municipios donde, a todas luces, no han llegado los aires renovadores de la capital y de algunas capitales de provincias.


(La Carpa Roja a media mañana del domingo de feria)

Y si las estadísticas reflejan una ligera recuperación de las producciones agropecuarias, ¿cómo se entiende entonces que existan estos desbalances en la oferta, la calidad y la presencia de los productos? Tienen que ser los mecanismos de administración y distribución los que dejan a simples móviles mercantilistas lo que en el socialismo en un deber de sus instituciones.

Los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, así como los mecanismos de su implementación, tienen que ser lo suficientemente  dinámicos y clarividentes para poder rectificar constantemente, más si se trata de fórmulas ya probadas en la historia y que no han dado los resultados suficientes para una nueva sociedad más justa y equitativa.

Es por ello que las brechas que se han profundizado en la sociedad cubana actual en niveles de ingresos y calidad de vida tienen que ser corregidas de inmediato para que el Socialismo no se quede solo como fundamento de la macroeconomía. El Socialismo tiene que estar en la casa, en el bolsillo y en la mesa de todos los cubanos, amén de que siempre tendrán que existir diferencias en el plano social a partir de la propia diferencia en el aporte individual a la sociedad socialista.

(El peligro para la conciencia común de asociar nuestras consignas, colores y símbolos con lugares vacíos e ineficientes)

Duele ver cómo un anciano pasa por “La Carpa Roja”, en Cabaiguán y se la encuentra llena de consignas y banderas pero vacía de productos, con los dependientes recostados al mostrador a media mañana del domingo de feria, y que tenga que seguir por las carretas  que llegaron de las CCS, UBPC y las CPA donde solo queda plátano burro, para terminar preguntando a un carretillero particular el precio de la malanga, vital para su dieta, y escuchar un  “a diez pesos la libra” y dejarla, sabiendo lo mucho que la necesita.
 
¿Será entonces un problema de producción o de administración? La regulación no siempre es contraria a la estimulación de la producción. Las autoridades no pueden seguir asumiendo de medio lado los incumplimientos en las entregas  por parte de los productores, ni la baja calidad de estas entregas para mandar para otras provincias o poner en manos de los intermediarios las mejores y más grandes producciones.

De lo contrario los lineamientos de la actual política de desarrollo económico y social seguirán siendo, a la vista del ciudadano, simples circunstancias lejanas para un Estado tan lejano como sus propias circunstancias, y con ellos se irá perdiendo el nervio socialista de la conciencia cotidiana. Cesará entonces, de manera progresiva, el respaldo de las mayorías a un proyecto social cuyas soluciones se le hacen cada vez más lejanas. Rectificar en favor de las mayorías es el mejor aporte que los cuerpos administrativos, legislativos y políticos pueden hacer hoy a la continuidad de la Revolución y para que el Socialismo próspero y sostenible sea más que una aspiración.

Las consignas que se leen en las paredes de “La Carpa Roja” tienen que estar al alcance de las grandes mayorías porque, de lo contrario, ellas: nuestra bandera colocada en la misma entrada y el color rojo que lleva el nombre del mercado, pueden tener asociación con fenómenos contarios al bien común y al espíritu socialista, más si para vivir una semana tienes que –como dijo un buen amigo -  “morir, con los particulares, en la jungla de la feria”.
 

(En la feria, “la otra cara de la luna”)


1 comentario:

  1. Arturo Manuel:



    CLIENTES

    La voz “cliente” significa en latín obedecer, inclinar, y con ella se designaba, gráficamente, en Roma a individuos libres que se colocaban bajo la protección de un ciudadano.

    De acuerdo con algunos romanistas, el origen de los clientes se remonta a Rómulo, uno de los fundadores de Roma.

    Lo cierto es que el cliente se obligaba a dar alimentos a su patrono, a pagar sus deudas, a contribuir en la dote de la hija casamentera de este, y aún, a rescatarle si era cautivo de sus raptores.

    Por su parte, el patrono tenía el deber de defender a sus clientes ante los magistrados y proporcionarles tierras para su cultivo y sustento.

    La condición de cliente era perpetua y hereditaria; se forjaban así, duraderos lazos entre patrono y clientes.

    Tan elevado grado de compromiso se establecía entre las partes, que la Tabla VII, “De los delitos”, en su numeral 11 apuntaba que “si el patrono comete fraude contra el cliente, sea sacrificado a los dioses”.

    En nuestros días, el concepto de cliente ha derivado hacia la identificación de una persona que utiliza los servicios de otra; no obstante, perduran los derechos y deberes entre las partes contratantes, vale decir, vendedores y clientes.

    Tanto en unos como en otros, el homo lupino cubensii ha sabido reencarnar; solo le separa la posición que ocupa en relación con el mostrador de la tienda o de la carretilla de ventas: si está detrás de ellos, son patronos-vendedores; si por delante, clientes-compradores.

    A pesar del antagonismo de posiciones, tienen en común el potencial engaño del uno para con el otro.

    Los primeros suben los precios de los artículos en venta; los segundos, inquieren por rebajas.

    Ambos se equivocan (¡a su favor, por supuesto!) a la hora de pesar y medir las mercancías en liza; mucho más es el equívoco en el minuto de pagar: el cliente no tiene dinero suficiente para la compra; el vendedor yerra en el vuelto, o simplemente, no lo da.

    Los patronos-vendedores se atrincheran junto a sus precios, sin rebajarlos en modo alguno, y todos a uno, solidariamente, como los legendarios mosqueteros del rey francés, los mantienen a ultranza, aunque se pudran sus productos. Alguno que otro, a hurtadillas de sus colegas, por temor a la represalia colectiva, cede en sus precios y rebaja un tanto para el de bolsillos maltrechos.

    Si las operaciones mercantiles se desplazan hacia el ámbito de influencia de la circulación de monedas duras, las reglas cambian en la relación contractual en la proporción de veinticinco a uno.

    Aquí no existen rebajas de precios, salvo en contadas ocasiones, pero sí se aprecia una tendencia sostenida al alza abrupta; no obstante, le distingue la baja calidad de sus confecciones (¡al menos es un descenso!), razón por la que el bolsillo precario del cliente se resiente aún más.

    Las reglas de protección al consumidor se enarbolan y engalanan centros comerciales, pero de lo dicho al hecho, va un trecho, devenido en vía crucis.

    No basta con ellas: el cliente tiene siempre la razón. Así reza en un refrán.

    ¡Menos mal que el panteón romano no existe; si no, estarían ahítos sus dioses de tantos sacrificados!

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